El escultor quetzalteco Rodolfo Galeotti Torres dejó una huella profunda en el arte nacional con obras monumentales elaboradas en bronce. Sus esculturas, presentes en distintos puntos del país, reflejan identidad, memoria histórica y el talento que marcó varias generaciones.
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Considerado uno de los escultores más ilustres y orgullo de Quetzaltenango, Rodolfo Galeotti Torres dejó un legado artístico invaluable que perdura en monumentales esculturas distribuidas en distintos puntos del país.
Galeotti Torres nació el 4 de marzo de 1912 en la Ciudad Altense, hijo del marmolista italiano Andrés Galeotti Barattini y de María Concepción Torres. Desde temprana edad mostró su inclinación por el arte, elaborando figuras de barro junto a su abuela, experiencia que marcó el inicio de su vocación artística.

Su obra escultórica incluye piezas emblemáticas como el Obelisco de la Victoria en el cerro El Baúl, el Monumento a la Marimba en Quetzaltenango y varias esculturas dedicadas al héroe nacional Tecún Umán, ubicadas en Quetzaltenango, San Marcos, Quiché y Escuintla.
También realizó decoraciones para el Palacio Nacional de la Cultura y el Tríptico a la Revolución, en la capital.

La mayoría de sus esculturas fueron elaboradas en bronce al vacío, las cuales destacan por su fuerza simbólica y valor histórico. Su última obra fue la escultura de Juan Pablo II, instalada en 1985 en la avenida Las Américas, en la ciudad capital.
Rodolfo Galeotti Torres falleció el 22 de mayo de 1988, pero su legado permanece en pie como testimonio del talento quetzalteco y como parte fundamental del patrimonio artístico nacional.

Su obra sigue presente en plazas, avenidas y monumentos, destacando no solo por su técnica, sino también por el significado histórico y cultural que representan para la memoria colectiva del país.





