Refrigeradores, aires acondicionados, sistemas de enfriamiento de cuanto aparato electrónico exista... Aunque a veces no somos conscientes de su existencia, en el siglo XXI es difícil imaginar la vida sin el frío artificial. Pero todo empezó hace 200 años con unos cubos gigantes de hielo. Esta es la escalofriante -por sorprendente- historia de los hombres que cambiaron el planeta para siempre, bajándole la temperatura.
1. El mercader que quería venderle hielo al Caribe
En 1834 un barco de tres mástiles llamado Madagascar entró al puerto de Río de Janeiro, con la carga inimaginable de un lago congelado de Nueva Inglaterra. El Madagascar y su tripulación trabajaban para un empresario innovador y testarudo de Boston, de nombre Frederic Tudor.
La familia Tudor había disfrutado del agua congelada del estanque de su casa de campo, Rockwood, no solo por su belleza estética, sino por su capacidad para mantener las cosas frías.

Tudor era considerado cabeza dura y su familia almacenaba en lugares especiales los bloques de hielo que utilizaban en el verano.
Los Tudor almacenaban bloques de agua congelada de 90 kilos de peso en habitaciones acondicionadas, donde se mantenían hasta que llegaba el verano y comenzaba un nuevo ritual: cortar rebanadas de los bloques para enfriar bebidas, hacer helado o refrescar el agua del baño durante alguna ola de calor.
En noviembre de 1805, Frederic Tudor envió a su hermano William a Martinica con su fría carga. El periódico La Gazzeta informaba sobre un barco con 80 toneladas de hielo que dejaba el puerto con destino a Martinica. El objetivo era vender el hielo a los residentes, sin embargo ellos no estaban interesados en el cargamento congelado.
Además, William no pudo encontrar un lugar adecuado para almacenar el hielo. Sin comprador y sin almacén, el viaje fue un fracaso. Pero los Tudor nunca se rindieron. Negociaron con barcos que bajaban vacíos de Boston para ser llenados en el Caribe.
Esto significaba que podían negociar precios más convenientes para transportar su hielo en unos barcos que no llevarían nada abordo, ya que este producto era básicamente gratuito y solo tenían que pagarle a los trabajadores para que lo sacaran de los lagos congelados.
En ese entonces, la economía de Inglaterra generaba otro producto de costo cero, el aserrín, uno de los principales desperdicios de las compañías madereras y Tudor descubrió que era un excelente aislante para el hielo.
La combinación fue perfecta, porque la familia Tudor tomó tres cosas que no tenían ningún costo, el hielo, el aserrín y los barcos vacíos, y las convirtió en un negocio floreciente.
Tudor analizó múltiples diseños para el almacenamiento del hielo, hasta que se decantó por una estructura de doble carcasa que usaba el aire entre dos paredes de piedra para mantener el frío adentro.
Quince años después de haber tenido la idea de venderle hielo a Sudamérica, comenzó a producir ganancias. En 1820 ya lo había llevado a casi todos los rincones de ese continente, mientras que en ciudades como Nueva York, dos de cada tres casas recibían hielo a domicilio diariamente.
Al morir en 1864, había amasado una fortuna equivalente a más de 200 millones de dólares de hoy.
El agua congelada en esta forma había pasado de ser una curiosidad a una necesidad en menos de un siglo.
2. El ingenioso doctor con un problema febril
La historia del hielo se mueve ahora al pueblo de Apalachicola, Florida, dominado por un pantano que hace las delicias de los mosquitos que trasmiten malaria. Un doctor en un modesto hospital, John Gorrie, ve arder en fiebre, impotente, a decenas de pacientes.
Entonces se le ocurre colgar bloques de hielo del techo del hospital. Resulta efectivo: el aire más fresco ayuda a bajar la fiebre de los pacientes, algunos de los cuales sobreviven. Pero una seguidilla de retrasos en las entregas de hielo desde Nueva Inglaterra pone al doctor a pensar en una solución más radical: cómo hacer su propio hielo.
Por suerte, era el momento perfecto para tratar de hacer realidad esa idea. En el siglo XVII, científicos aficionados descubrieron un extraño fenómeno: el vacío. Aire que parecía estar compuesto de nada y que se comportaba diferente al aire normal.
En 1659, el inglés Robert Boyle puso un pájaro en un frasco y le sacó el aire con una bomba de vacío. El pájaro murió, como Boyle esperaba. Pero también, curiosamente, se congeló. Eso le llevó a sugerir que cambiar el volumen o presión de los gases del aire podría cambiar su temperatura.
Más adelante, la máquina de vapor forzó a los ingenieros a preguntarse cómo se convierten el calor y la energía, dando paso a toda una ciencia: la termodinámica.
Pronto habría máquinas capaces de hacer cada vez más hielo, y cada vez más rápido. Eso resume la historia del frío artificial en el siglo XIX. Pero la siguiente revolución apuntaría en la dirección contraria: el hielo estaba a punto de hacerse pequeño.
3. El excéntrico naturalista que mudó a su familia a la tundra
En el invierno de 1916, un naturalista y empresario excéntrico, Clarence Birdseye, mudó a toda su familia a la remota tundra de Labrador, en el noreste de Canadá. Había pasado varios inviernos ahí por sí solo, donde había establecido una compañía de cría de zorros para pieles y desde donde mandaba de vez en cuando informes para el Biological Survey de Estados Unidos.
El sombrío clima de Labrador obligaba a que toda la comida del invierno fuera preservada o congelada. Los alimentos tendían a ponerse mustios y a perder el sabor cuando se descongelaban. Aparte de pescado, no había fuentes de comida fresca.
Con temperaturas bajo cero, los peces que sacaban del agua se congelaban en cuestión de segundos. Cuando descongelaron el pescado, descubrieron que sabía mucho más fresco que lo que comían de ordinario.
Pronto encontró la explicación: la clave era la velocidad a que se congelaba el alimento. El congelado lento permitía que el hidrógeno del hielo formara formas cristalinas más grandes. Pero el que ocurría en pocos segundos generaba cristales más pequeños, que dañaban menos la comida.
Por entonces la refrigeración artificial se estaba convirtiendo en algo muy común. Así que el naturalista comenzó a pensar en la posibilidad de un mercado para la comida congelada, que se figuró sería inmenso.
4. El ingeniero que puso a circular el aire... y la gente
Para 1950, los estadounidenses habían adoptado un estilo de vida profundamente influenciado por el frío artificial: compraban sus cenas congeladas en los pasillos de comida refrigerada en los supermercados y las guardaban en los congeladores de sus nuevos Frigidaire, con la última tecnología en refrigeración.
Pero en aquel hogar icónico de los años 50 la tecnología más avanzada no era la que te permitía guardar tu pescado o hacer hielo para tu martini, sino enfriar y quitar la humedad a toda la casa.
Si uno la entiende solo como una forma de enfriar nuestras habitaciones o nuestras bebidas, nos perdemos la escala del impacto de este conjunto de invenciones. Porque, de la transformación del paisaje natural a la reproducción asistida, eso es lo que han tenido: una dimensión épica.
(Con información de la BBC Mundo)