Durante el siglo XX, San Marcos ganó reconocimiento por su distintivo paisaje urbano donde corredores de áreas verdes servían como espacios de convivencia y paz, marcando profundamente la identidad social de sus habitantes.
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Durante gran parte del siglo XX, San Marcos fue reconocida como la "ciudad de las alamedas", un distintivo que definió su paisaje urbano y la vida cotidiana de sus habitantes.
Estos corredores arbolados no solo cumplían una función estética, sino que se convirtieron en espacios de encuentro, descanso y convivencia, integrándose profundamente en la memoria colectiva marquense.

Una de las más emblemáticas fue la alameda del Hospital, ubicada donde funcionó el antiguo Hospital Nacional, hoy el Centro Universitario de San Marcos. Se extendía por aproximadamente dos cuadras y media y estaba flanqueada por cipreses que brindaban sombra a visitantes y familiares de pacientes.
Bajo los árboles se colocaban mesas y sillas para descansar o alimentarse mientras esperaban la hora de visita. Con el tiempo, la construcción del drenaje y la transformación del sector en calzada provocaron su desaparición.

También destacó la alameda de las Gravileas, que iniciaba en el cementerio y se extendía por dos cuadras formando un túnel natural elegante y ordenado. La más extensa fue la alameda Cuache, que comenzaba en la entrada de San Rafael Soche, atravesaba la zona militar número 18 y concluía en el Cantón San Francisco, zona 5.
Este corredor recorría la 16 avenida hasta el antiguo campo de aviación, consolidándose como uno de los más representativos.

Otras alamedas importantes se ubicaban en el pasaje Minerva y en el tramo que unía la Calzada Revolución del 71 con la Calzada Valle de la Esmeralda, conectando San Marcos con San Pedro Sacatepéquez. Muchas fueron sembradas durante el gobierno del general José María Reina Barrios, tras decretarse la unión de ambas ciudades en 1892, cuando se plantaron cipreses y eucaliptos que dieron majestuosidad al entorno.
Sin embargo, la modernización urbana, especialmente a finales de la década de 1960 durante la administración municipal de Sergio Arriaga, provocó la tala de numerosos árboles para dar paso a nuevas obras viales, marcando el fin de una época y transformando por completo la fisonomía de la ciudad.

El historiador José Campollo afirma que las alamedas definieron el carácter urbano y social de San Marcos y que su pérdida representa también la desaparición de una forma de convivencia ciudadana.
Por su parte, vecinos como don Carlos de León recuerdan con nostalgia la tranquilidad de antaño, cuando el canto de los pájaros, las caminatas bajo la sombra y las tertulias vespertinas eran parte esencial de la vida diaria en la cabecera departamental.




