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El "Hotel Fantasma", el gran testigo del poder del mar

  • Con información de Henry López/Colaborador
08 de marzo de 2026, 09:47
Así luce el "Hotel Fantasma" en la actualidad. (Foto: Henry López/Colaborador)

Así luce el "Hotel Fantasma" en la actualidad. (Foto: Henry López/Colaborador)

El enigmático Hotel Fantasma de Puerto de Hierro, Escuintla, alguna vez una joya turística de lujo en la costa guatemalteca, se erige hoy como una imponente ruina que el mar reclama. 

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Entre la bravura de las olas del océano Pacífico y la nostalgia de una época dorada, se alzan los vestigios de concreto, de lo que en la década de 1970 y mediados de la década de 1980, fue una de las joyas de la corona turística de la costa sur guatemalteca.

Este sitio es conocido popularmente como el "Hotel Fantasma", una estructura abandonada que ha resistido, contra todo pronóstico, el incesante embate marino.

El agua llega a cubrir hasta el tercer nivel de la estructura. (Foto: Henry López/Colaborador)
El agua llega a cubrir hasta el tercer nivel de la estructura. (Foto: Henry López/Colaborador)

Ubicado frente al mar, en el complejo residencial Likin, en el km 112 de la ruta hacia Iztapa, jurisdicción de la aldea Puertoa de Hierro, San José, Escuintla, el lugar permanece como un testigo silencioso del pasado, pues lo que antes era un centro de recreación de lujo, hoy es un sitio de difícil acceso, oculto para el turista.

En su mayor esplendor

El historiador local, Darwin Hernández, relató que en su apogeo, el turicentro atraía a cientos de visitantes, tanto nacionales como extranjeros.

Algunos turistas deciden no embarcarse hasta el lugar debido al alto precio del alquiler de la lancha. (Foto: Henry López/Colaborador)
Algunos turistas deciden no embarcarse hasta el lugar debido al alto precio del alquiler de la lancha. (Foto: Henry López/Colaborador)

"Era un lugar muy bonito, incluso nosotros lo veíamos como algo futurista para aquella época; no había nada parecido en el país", recordó Oliverio Cruz, quien trabajaba en el complejo.

Según Cruz, el hotel no era un punto de descanso para los locales, sino un motor económico crucial. "El personal, entre cocineros, jardineros, piscineros, salvavidas y conserjes, sumábamos más de 200 personas. No había temporada alta, ni baja; los fines de semana se mantenía lleno", agregó.

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Además, las piscinas como toboganes y vistas inigualables a los amaneceres y atardeceres lo consolidaron como un referente de prestigio.

El declive

Sin embargo, el destino del complejo sería dañado por la tragedia ecológica. De acuerdo con los registros históricos, el cambio en las corrientes marinas comenzó a erosionar gran parte de la costa.

"No solo se perdió el complejo; muchas viviendas fueron anegadas por las olas", detalló Hernández.

Expertos atribuyeron que la erosión se debió a la construcción del rompeolas del Puerto Quetzal, el cual alteró la dinámica del litoral. (Foto: Henry López/Colaborador)
Expertos atribuyeron que la erosión se debió a la construcción del rompeolas del Puerto Quetzal, el cual alteró la dinámica del litoral. (Foto: Henry López/Colaborador)

Expertos atribuyeron este fenómeno a la construcción del rompeolas del Puerto Quetzal, el cual alteró la dinámica del litoral. Pese a los intentos por detener el avance del mar, la naturaleza resultó implacable.

En 1985, tras años de lucha contra esta, se dio la orden de desalojo definitivo. La infraestructura diseñada para el disfrute comenzó a convertirse en ruinas.

Un destino de difícil acceso

Hoy, la arquitectura de lo que fue el hotel se encuentra en estado crítico; en pleamar, el agua llega a cubrir hasta el tercer nivel de la estructura.

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La dificultad para llegar al lugar es una gran barrera, así lo señala Erick Martínez, guía turístico. "Muchos vienen y preguntan, pero al explicarles que se requiere alquilar una lancha para atravesar el canal de Chiquimulilla o entrar por mar abierto, se desilusionan por el precio que eso representa", explicó.

En 1985, tras años de lucha, se dio la orden de desalojo definitivo. (Foto: Henry López/Colaborador)
En 1985, tras años de lucha, se dio la orden de desalojo definitivo. (Foto: Henry López/Colaborador)

Quienes frecuentan la zona son principalmente residentes del complejo Linkin, que poseen embarcaciones propias o curiosos que buscan un entorno singular. Su estética abandonada y con vistas al horizonte lo han convertido en una locación predilecta para fotógrafos.

La estructura permanece allí, aunque perdió su propósito original, sigue contando la historia del espacio que el mar decidió reclamar como suyo.

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