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Estiramiento de quincena: el deporte extremo nacional

  • Por Vic García
Si alargar la quincena fuera deporte olímpico, Guatemala se llevaría todas las medallas, dice Vic García. (Foto: Shutterstock)

Si alargar la quincena fuera deporte olímpico, Guatemala se llevaría todas las medallas, dice Vic García. (Foto: Shutterstock)

Resuena, triunfal, el ¡YA DEPOSITARON! por toda la oficina. 

Llegó la quincena señores y mejor si cae en viernes o un día antes del feriado. Hay fiesta magna para el muy noble y echador de punta asalariado guatemalteco. 

Alcanza el billete por lo menos un par de días para ir a comer una carnita asada, tomarse un par de güisquiles y comprarse alguna chiva. Se puede llevar a la traida al cine y a los patojos a Chucky Cheese o al Hipódromo del Norte. 

En el otro extremo del espectro de consumo, los prostíbulos se visten de gala y se atoran de bolos que dejan sobre las mesas de noche el colegio del los niños, la letra de la casa y la comida del chucho. Lo que sobrevive a la euforia se va a la tarjeta, al colegio y a las cuentas de luz, agua, teléfono. Puro “Güindou Chopin” en los moles, bares fantasma y supermercados convertidos en mausoleos en honor al capitalismo. Todo vuelve a la normalidá. La clase media subsiste y resiste. La quincena raramente termina convertida en un depósito en una cuenta de ahorro. Tamos jodidos, pero siempre hay esperanza, siempre hay una manera, donde hay voluntad, hay un camino…

-Bienvenido al Los X-Men, ¿cuál es su súper poder?

-Estirar la quincena.

-Pase usted adelante.

Siempre he pensado que si el Estiramiento de Quincena fuera disciplina olímpica Guatelinda se  traería el oro, plata y bronce cada cuatro años. Somos ingeniosos ante la necesidad. Eso no se nos puede negar.A continuación una lista de tácticas, técnicas y prácticas para pegarle al quincenazo de hule. Desde la más clásica y racional a hasta la más desesperada y surrealista.

El famoso excel con el presupuesto tal y como nos lo enseñó nuestra madrecita, bajar aplicaciones que nos ayudan a organizar el gasto, tener cinco trabajos, llevar comida al chance todos los días, andar con un termito de café para no gastarse cuarenta pesos en un moccavanilattefrappéventi por ahí, regresarse a vivir donde los tatas con la cola entre las patas, dormirse temprano para no cenar, levantarse tarde para no desayunar, meter un alacrán en la cartera, ahorrarse la mitad del pasaje extra urbano viajando en la parrilla. 

La clásica saludable: caminar más y tomar solo agua, evitar romances extra maritales, irse a vivir a un pueblo, latas de atún de ocho pesos, sopas de vaso de cinco varas, la más dura y admirable de todas: dejar de chupar. Nunca hacer sencillo un billete de 100, NUNCA comprar cigarros sueltos. Convertirse en un sabueso de las promociones 2x1 en las tarjetas y de las ofertas en comedores y restaurantes de comida rápida. Comer galletas de animalitos con agua, invitar a los amigos a chupar a la casa, verse al espejo o subirse a la balanza y recordar que ya no se puede comer chucherías. La práctica más abyecta de todas y tristemente muy común, dejar de pasar pensión a la bendición. La más indigna, cuando el desahucio es tan moral como financiero, ir a la hora de almuerzo al súper para atalayar a los repartidores de degustaciones y atorarse un menú gondolero y la más extrema: invertir en un bypass gástrico, 70% de ahorro en combustible.

Todas esas habilidades y competencias se deben llevar al extremo más inimaginable cuando en lugar de aquel eufórico “YA DEPOSITARON”, se impone otro escenario, el fatídico, el impensable… Apenas se alcanza a escuchar en la oficina un lapidario y lastimero susurro. “Pagan hasta el lunes, muchá”. 

“Al viernes que debes temer no es al 13, es al 12”, dice un antiguo proverbio del Oriente guatemalteco.

Ese rejodido vacío en la boca del estómago, ese maldito vacío en el fondo de la cuenta de monetarios ¿Qué vamos a hacer el fin de semana? NADA. Encerrarnos. No hay pisto. De esta casa no se sale ni aunque se esté quemando. La innombrable, la temida y despiadada quincena larga se lleva por delante los anhelos clasemedieros del fin de semana. Sonamos. Tronamos a sapo. Nos llevó la tiznada. Hablo por experiencia propia. 

Recuerdo uno de esos aciagos viernes 12. Nada iba a salir bien. Lo sentía en el aire, en los huesos y sobre todo en la billetera. Habíamos tenido una más que aireada discusión con mi primera esposa. Éramos jóvenes y nos reíamos de todo, pero también peleábamos por todo y lo peor, nos decíamos de todo. Bebés teniendo bebés. No los aburro más con el contexto. Llego a la casa después del trabajo y al bajar del carro alcanzo a escuchar las afiladas notas de “Hasta que te conocí”, del Divo de Juárez. Entro y la encuentro escuchando Juan Gabriel en Bellas Artes en Vivo, el álbum doble, recién desempacado en la mesa de centro. 

-¿Y eso?

-Me lo pasé comprando hoy, le quería dedicar esa canción. Aparte del cuentazo emocional, venía el financiero. 

-¿Y con qué pisto lo compró? 

-Con lo que nos quedaba en la cuenta para terminar la quincena.  

-Pero si eran 110 pesos. ¿Cuánto costó? 

-110 pesos, me contestó con aire de venganza. 

Por eso sé cuánto costaba exactamente un CD doble hace 21 años y que ese nefasto fin de semana lo pasamos bravos, tristes y encerrados. Así es como aprendí a temerle al viernes 12 más que al 13 y el origen de la expresión “más feo que un domingo sin pisto”. 

Hay algo bueno que reconocerle al pago quincenal y es que psicológica y emocionalmente es una bocanada de aire a la mitad de ese recorrido de treinta largos pasos que hacemos doce veces al año. Por el contrario, el pago mensual es como la menstruación llega una vez al mes y dura 4 días. 

Así la quincena, en las buenas y en las penas. De la euforia a la agonía y el motor de nuestra economía.

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14 de agosto de 2018, 17:08

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