Cuando la tierra despertó a Guatemala en la madrugada del 4 de febrero de 1976, no solo se quebraron las casas, sino también la historia y la memoria de todo un país.
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Antes de que la tierra temblara, se llenó de un ruido extraño, continuo, difícil de ignorar. Las gallinas cacaraqueaban sin descanso, los patos y pijijes se agitaban en los patios, los perros ladraban y aullaban desde las casas y las calles, y hasta los gatos se desplazaban inquietos entre sombras.
Así recuerda el guatemalteco Gerson Zamora, a sus 62 años, los momentos previos al terremoto del 4 de febrero de 1976, a sus once años cuando todavía estudiaba en la primaria. "Se oía un bullicio inolvidable... Todos los animales se alborotaron de una manera que yo nunca he vuelto a escuchar algo similar", indicó.
No era el sonido habitual; era un alboroto desordenado, persistente, como si los animales reaccionaran a algo que aún no ocurría. Eso fue "minutos o quizás horas antes de que este siniestro telúrico existiera en el país de Guatemala", expresó. Además, relató que en medio del bullicio despertó en un estado angustioso e inquietud una sensación que jamás ha vuelto a vivir.
En su casa, como en muchas otras, había animales de patio, parte normal del entorno cotidiano en Guajitos, considerada en aquel tiempo como una aldea y a lo que hoy corresponde la zona 21 de la capital. Sin embargo, esa noche el comportamiento de los animales era distinto. La inquietud se prolongó durante un tiempo imposible de medir; Gerson no volvió a dormir.

Las paredes parecían brincar y el piso empujaba los cuerpos hacia abajo. Cada intento por ponerse de pie terminaba en una nueva caída. El movimiento era tan intenso que Gerson no pudo calcular su duración; el tiempo se volvió irrelevante mientras todo temblaba. "Era como un terremoto brincado; cuando todos intentaban pararse, el mismo suelo lo hacía caerse a uno otra vez..." relató.
Cuando el sacudimiento terminó, el ruido desapareció por completo, "pero no se sentía paz, sino que todo quedó en un silencio siniestro", explicó. Los animales dejaron de escucharse.
Según el relato de Gerson, en Guajitos no hubo víctimas ni daños materiales graves, en parte porque la población era reducida y las viviendas estaban más dispersas. Aun así, el temor permaneció. Las primeras horas transcurrieron sin información.
En ese tiempo, los únicos medios disponibles eran la radio y la televisión, pero ambos permanecieron fuera del aire. Fue cerca del amanecer cuando emisoras nacionales lograron transmitir y anunciaron que Guatemala había sido afectada por un terremoto de gran magnitud, estimado entre seis y siete grados.
Con el paso del día se supo que muchos sectores de la capital habían quedado gravemente dañados. El barrio El Gallito en la zona 3 capitalina, en donde Gerson asistía a una iglesia evangélica, fue uno de los más afectados. La mayoría de las casas quedaron destruidas y el templo, severamente dañado, tuvo que ser demolido por brigadas del ejército durante el gobierno de Kjell Eugenio Laugerud García.
"En el año 1976 Guatemala estaba siendo gobernada por gobiernos militares. En aquel entonces, el presidente de la República era el general Kjell Eugenio Laugerud García. Él propuso una campaña de levantar a Guatemala en el menor tiempo posible. Él tuvo esta frase que decía: «Guatemala está dolida de muerte, pero Guatemala está en pie»" agregó a su relato.

En detalle
El terremoto ocurrió a las 3:01 de la madrugada con una magnitud de 7.5. De acuerdo con cifras oficiales, cerca de 23 mil personas perdieron la vida y al menos 77 mil resultaron gravemente heridas.
Más de 258 mil viviendas quedaron completamente destruidas y alrededor de 1.2 millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares.

La infraestructura hospitalaria también sufrió daños severos; aproximadamente el 40 % de los centros de atención médica del país quedaron en ruinas, limitando la capacidad de respuesta ante la emergencia.
En distintos puntos del territorio nacional se observaron grietas profundas en el suelo, mientras que en varias zonas montañosas las cimas de los cerros quedaron inestables, amenazando con desprendimientos.
Treinta y seis horas después del terremoto, los sobrevivientes comenzaron a ser trasladados a albergues temporales. Muchos de ellos habían pasado días enteros entre escombros, buscando a familiares desaparecidos o intentando rescatar lo poco que quedaba de sus pertenencias.

El movimiento telúrico tuvo una profundidad aproximada de cinco kilómetros y su epicentro se localizó cerca de la ciudad de Los Amates, Izabal, sobre la falla del Motagua que marca el límite entre la placa tectónica Norteamericana y la del Caribe, una zona de alta actividad sísmica.
El sismo tuvo una duración aproximada de 39 segundos, suficientes para generar una grieta visible de unos 230 kilómetros, que se extendía desde Puerto Barrios hasta Chimaltenango. El movimiento fue percibido incluso en países vecinos como Belice, Honduras, El Salvador y algunas regiones de México.
Las construcciones de la época, en su mayoría elaboradas con adobe y materiales tradicionales, colapsaron casi por completo. Esta situación dificultó enormemente las labores de rescate, pues los escombros pesados y frágiles complicaban la localización de sobrevivientes.
Responsabilidad ante la devastación
Esa madrugada del 4 de febrero del 76, la vida de Eddy Sánchez quedó marcada para siempre. El terremoto no solo sacudió la tierra; también derrumbó su casa y lo dejó, como a miles de familias, "literalmente en la calle", expresó.
"A mí me dejó recuerdos muy tristes... mi casa se cayó y me quedé sin nada". Sin embargo, tuvo que salir a cumplir con su trabajo en una institución pequeña, con recursos limitados y con una responsabilidad enorme frente a un país devastado.
Ese joven técnico que perdió su vivienda en el terremoto se convertiría con los años en una de las voces más reconocidas en materia sísmica en Guatemala. Sánchez, quien fue durante muchos años director del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh).

Desde su experiencia, recordó que en los años previos al terremoto, entre 1972 y 1973, el país apenas comenzaba a fortalecer el monitoreo sísmico, con la instalación de las primeras estaciones radiotelemétricas alrededor de los volcanes Pacaya y Fuego, además de un único sismógrafo mecánico ubicado en el entonces Observatorio Nacional.
Según indicó Sánchez, a pesar de tener un equipo limitado, fue posible registrar el sismo ocurrido a las 3:33 de la madrugada del 4 de febrero de 1976, cuyo origen se localizó en la falla del Motagua, particularmente en el área de Río Hondo.
El terremoto afectó gran parte del territorio nacional, desde Puerto Barrios hasta el Altiplano central, con daños severos en departamentos como Zacapa, Chiquimula, El Progreso, Guatemala, Chimaltenango y Totonicapán. Las consecuencias fueron devastadoras: alrededor de 1.2 millones de personas resultaron damnificadas y más de 23 mil perdieron la vida.
¿Por qué fue tan devastador?
Sánchez explicó que dos días después, el 6 de febrero, se produjo otro sismo fuerte asociado a la falla de Mixco, lo que evidenció la compleja actividad tectónica del país. Detalló que la falla del Motagua tenía un periodo de retorno superior a los 150 años, lo que contribuyó a la magnitud del desastre.
Estudios posteriores determinaron que el terremoto no fue un solo evento, sino una secuencia de al menos siete sismos consecutivos a lo largo de la falla, lo que incrementó de forma significativa el nivel de destrucción.
"Se han analizado los sismogramas del 4 de febrero del 76 y un experto japonés, con los registros que se obtuvieron, se dio cuenta de que hubo una secuencia de sismos a lo largo de toda la falla del Motagua, es decir, que prácticamente fueron siete sismos que se fueron uniendo uno a uno, ocasionando que los destrozos fueran tan severos." Indicó.

A raíz de esta tragedia, el monitoreo sísmico en Guatemala experimentó cambios importantes. Tras la creación del Insivumeh el 26 de marzo de 1976, se fortaleció la vigilancia con la instalación de decenas de estaciones radiotelemétricas en zonas de alta recurrencia sísmica, un proceso que continúa hasta la actualidad con la modernización y ampliación de la red de monitoreo en todo el país.
"Como ya se contaba con seis estaciones sísmicas, después de la creación del Insivumeh se incrementó la vigilancia sísmica en lugares en donde había tendencia de que hubieran sismos y, naturalmente, se instalaron 34 estaciones radiotelemétricas con las cuales se incrementó la vigilancia".
¿Puede volver a ocurrir?
Sánchez subrayó que Guatemala sigue siendo un país de alto riesgo sísmico, particularmente en la Costa Sur, donde la actividad está asociada a la zona de subducción del Pacífico, así como en regiones atravesadas por fallas internas como la del Motagua, Chicxoy, Polochic y Jalpatagua.
Explicó que el país no está exento de experimentar nuevamente un terremoto de magnitud similar y que, por su ubicación geográfica y compleja dinámica tectónica, presenta una recurrencia sísmica constante, tanto en la zona de subducción frente a la costa del Pacífico como en las fallas internas que atraviesan el territorio nacional.

En ese sentido, indicó que donde históricamente ha ocurrido un sismo fuerte, existe la probabilidad de que vuelva a repetirse. No obstante, destacó que el país ha avanzado de manera significativa en comparación con 1976, especialmente en la implementación de normas de construcción antisísmica y en el fortalecimiento del sistema de protección civil, a través de instituciones como la Conred.
También resaltó la importancia de las campañas de información y prevención, las cuales permiten que la población tome conciencia de que el riesgo sísmico no se limita a la ciudad capital, sino que afecta a diversas regiones del país.

Prevención y desafíos actuales
El guatemalteco Álvaro Córdova, uno de los científicos que participó en un experimento en Taiwán relacionado con la implementación de un nuevo sistema de protección sísmica para edificios, subrayó que el terremoto de 1976 continúa como un punto de quietud en la historia nacional y mantiene plena vigencia desde el punto de vista técnico.

A su juicio, el riesgo sísmico en Guatemala sigue siendo alto y permanente; por lo tanto, no es prudente asumir que un evento de gran magnitud no volverá a ocurrir. De hecho, destacó que en los últimos años se han registrado algunos de los sismos más fuertes a nivel mundial, como los ocurridos en Turquía, Japón y el propio Taiwán, con magnitudes y aceleraciones históricas.
"Rusia registró la magnitud más alta de la historia, 8.8; entonces todos estos son indicios de que los terremotos son frecuentes y cada vez más fuertes. Nosotros estamos en la pura línea central, en el anillo de fuego, con riesgo alto." Indicó.
Córdova recordó que Guatemala se encuentra sobre el Anillo de Fuego del Pacífico, una de las zonas sísmicas más activas del planeta. Por ello, explicó que los sismos de baja magnitud no representan una liberación suficiente de energía como para reducir el riesgo de un terremoto mayor. Aunque existe relación entre la actividad sísmica y volcánica, aclaró que la ciencia aún no permite determinar con precisión cuánto influye un fenómeno.
"Para que un temblor disipe suficiente energía o libere suficiente energía para evitar uno muy grande, tendría que ser un temblor de 6, 7 en una escala de energías. Entonces todos estos temblores de 3, 4, 5 no mucho nos ayudan."
Se trajo a memoria los sismos ocurridos en julio de 2025 en Santa María de Jesús, Sacatepéquez; al referirse a los daños registrados en la comunidades, Córdova indicó que el tipo de construcción fue un factor determinante.
Además, mencionó que el sismo de 5.6 ocurrido el 8 de julio del año pasado puede considerarse una especie de prueba o "examen corto". En ese sentido, un terremoto de magnitud 7 representaría un examen final.

Añadió que el terremoto de 1976 liberó cerca de 500 veces más energía que el del 8 de julio, lo cual permite dimensionar el potencial destructivo de un evento de mayor magnitud.
Las edificaciones de adobe y mampostería tradicional, aunque aparenten solidez, resultan frágiles ante movimientos sísmicos debido a su baja capacidad de deformación, lo que incrementa el riesgo de de fractura y colapso súbito de las estructuras durante un par.
"Estas estructuras pueden ser muy fuertes a veces, porque tienen a veces paredes de 40 centímetros o 50 centímetros bien grandes, pero son muy frágiles", expuso.
Las lecciones que quedan
Córdova reconoció avances importantes, como la reducción del uso de adobe y el desarrollo de normas de seguridad estructural. Sin embargo, advirtió que muchos de estos códigos no cuentan con un respaldo legal suficiente, lo que dificulta su aplicación obligatoria.
También señaló que las normativas actuales priorizan evitar el colapso de los edificios, pero no necesariamente minimizar los daños, una meta que países como Japón, Estados Unidos, Chile y Taiwán ya han incorporado mediante sistemas modernos de protección sísmica.
En el contexto nacional, mencionó: "Se prioriza que el edificio no colapse, salvar vidas, lo cual está muy bien, pero no hay un siguiente paso como el paso que han tomado Japón, Taiwán, Estados Unidos, Chile, que es ir más allá en el nivel de desempeño para evitar daño, de minimizar daños en los edificios."
Sobre el modelo taiwanés, destacó que durante el terremoto de Hualien en 2024, de mayor intensidad que el de 1976, se registró una sola víctima fatal.
Este resultado, explicó, responde a décadas de inversión en reforzamiento de edificios antiguos, especialmente escuelas y hospitales, así como a la implementación de tecnologías como aisladores y disipadores sísmicos. En ese país, más de 10 mil escuelas han sido reforzadas en los últimos 20 años.
Respecto a la posibilidad de aplicar estas tecnologías en Guatemala, Córdova afirmó que resultan viables desde el punto de vista técnico, no obstante, identificó como principales barreras el costo inicial y la cultura de construcción, pues muchos proyectos se descartan por incrementos mínimos en el presupuesto, sin considerar los costos sociales y económicos que implicaría un terremoto de gran magnitud.
¿Es posible anticipar un terremoto?
En relación con los sistemas de alerta temprana, el experto en mención explicó que estos no permiten prevenir un sismo, sino ganar apenas unos segundos de reacción. En el mejor de los casos, Guatemala podría contar con entre cinco y 30 segundos de aviso, un margen insuficiente para evacuar edificios, pero útil para activar protocolos de emergencia.
Estos sistemas dependen del monitoreo de ondas sísmicas a cargo del Insivumeh.

A las autoridades, solicitó cumplir las normas vigentes y avanzar hacia estándares más altos de desempeño sísmico, especialmente en hospitales, escuelas y edificios de emergencia.
Finalmente, mencionó que su experiencia en Taiwán y Japón le dejó una reflexión clara: sí es posible mejorar la forma de construir y reducir de manera significativa los daños y las pérdidas humanas. Para lograrlo, concluyó, Guatemala necesita fortalecer una cultura de prevención que vaya más allá de la reacción ante la tragedia.



