23 mil guatemaltecos fallecieron esta trágica madrugada.
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El reloj marcaba las 3 horas con 1 minuto y 43 segundos cuando inició el terremoto que azotó a Guatemala el 4 de febrero de 1976. A la sacudida le seguirían semanas de desolación, pero también de unión y mucho esfuerzo.
Esa madrugada, el crujir de las casas y edificios no fue un mal sueño, tampoco un simple temblor; la tierra no dejó de sacudirse pronto, como muchos esperaban, llenando de dolor y luto a millones de guatemaltecos.
Desdichados se sintieron los que tuvieron que salir corriendo de la cama al ver que las paredes y techos empezaban a desprenderse y los escombros caían sin parar, pero pronto se darían cuenta que, aún más desdichados fueron los 23 mil guatemaltecos que fallecieron esa madrugada.

El sismo principal de ese día, al que le siguieron cientos de réplicas, duró 39 segundos e inició en Los Amates, Izabal.
Algunos guatemaltecos habían escuchado hablar sobre la falla del Motagua, pero no sabían de su poder hasta esa madrugada, cuando generó una ruptura que se extendió por más de 200 kilómetros, afectando a 17 de los 22 departamentos del país, con Chimaltenango como el más dañado. Incluso, fue altamente sensible en Belice, El Salvador, Honduras y México.
Fue en esa falla donde se originó todo, pues justo en esta se ubica la frontera entre dos placas tectónicas: la placa Norteamericana y la placa del Caribe.

El terremoto del 4 de febrero de 1976 liberó energía 30 veces mayor que la del terremoto que destruyó Managua, Nicaragua, en 1972. Su magnitud fue de 7.5 en la escala de Ritcher y tuvo una profundidad de 5 kilómetros.
Este miércoles se cumplen 49 años de esa fecha en que Guatemala amaneció bajo los escombros y así fue como el país entero se repuso, lentamente, a la tragedia.




