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Y usted, ¿es un guatemalteco de bien?

  • Por Vic García
La tarea de los guatemaltecos de bien es darle el mejor ejemplo a los niños, presente y futuro del país. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

La tarea de los guatemaltecos de bien es darle el mejor ejemplo a los niños, presente y futuro del país. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

Pues resulta que ya nos separaron entre guatemaltecos de bien y guatemaltecos de mal. Por si no estábamos suficientemente divididos étnica, social, ideológica y económicamente, ahora terminan de fragmentar nuestra ya despedazada sociedad con base en virtudes personales. 

“El guatemalteco de bien” es un término que se escucha últimamente en las sucias bocas de algunas autoridades, supuestos líderes de opinión y algunos círculos viciosos de nuestra sociedad. 

Estamos ante una de esas artesanales y típicas paradojas, tan de aquí. El guatemalteco de mal, ese que suma 10% de la población según el Instituto Nacional de Calidá Humana -ese infeliz- el transa, el corrupto, el que tiene cola que le machuquen, ¡ese!, define, juzga y condena al de bien.

Guatemalteca expresa su fe en el futuro. (Foto: Archivo Soy502)
Guatemalteca expresa su fe en el futuro. (Foto: Archivo Soy502)

El que está en el tambo se da el taco de señalar al que está libre. El que tiene que ir a firmar un libro cada quince días para que no le quiten su medida sustitutiva anda por las redes sociales señalando al que ni antecedentes penales tiene. El prófugo nos ilumina con sesudos análisis constitucionales desde una ubicación desconocida. ¿Chulada verá?

Me van a permitir, pero no es así la cosa.

El guatemalteco de bien es su propio Comisionado Contra la Corrupción y la Impunidad. Su batalla por lo que cree justo y correcto empieza en las pequeñas cosas. La lucha cotidiana por hacer lo correcto además de lo legal, que no siempre es lo mismo. 

El guatemalteco de bien no altera las placas de su carro para esquivar las multas, no ve en los parqueos para discapacitados un espacio VIP para su camionetona, no acelera cuando ve a un peatón atravesar la calle y tampoco interpreta el pide vías como una señal para aventarle el carro al otro. Para él, las señales de NO VIRAR EN U no son invisibles. Tampoco es de esos daltónicos que ven semáforos en naranja. No maneja con unos traguitos encima ni con un par de botellas entre pecho y espalda.

El guatemalteco de bien sabe que Jesús no se dejó clavar en una cruz para que se pudiera parquear en doble fila y así ahorrarse una caminadita a la iglesia. También sabe que ir en contra la vía, aunque sea un par de cuadras, es ir en contra de las “buenas costumbres”.

El guatemalteco de bien sabe que no por andar en moto es de hule y que el reglamento de tránsito también le aplica aunque ande en dos ruedas en lugar de cuatro.

El guatemalteco de bien siente que de su pluma chorrea sangre cada vez que firma el cheque de los impuestos. Sabe que ese dinero no terminará convertido en pupitres, medicamentos y “papel tualé” para el aeropuerto sino en carreteras que conducen hasta la puerta del spa de alguna maciza diputada, en el chalet de la hija de algún general del Glorioso o en el Ferrari de algún miserable refugiado en Italia, dándose la vida en rosa mientras acá los niños escriben en el suelo. Arrancar cada cheque a nombre de la SAT es como arrancarse un pelo de la nariz, pero paga, contribuye, pone lo que le corresponde. Allá esos infelices y las cuentas que le deparen el karma y la justicia.

El guatemalteco de bien es simpático, empático y enfático. Es resilente, recurrente y resistente. Está habituado a la tragedia mas no acostumbrado. Echa el hombro donde se necesita apoyo, da cuando ya había dado, responde cuando no le preguntan. El analgésico de su preferencia para el dolor de pueblo: Generosina 500 en cápsulas de auxilio. Se ensucia las manos, se percude la frente, se rifa el físico por lo suyo y los suyos.

El guatemalteco de bien se viste con sus acciones, se arma con integridad, se acoraza en sus valores. No se arropa en una bandera, no se parapeta tras escombros de ningún templo, no se esconde detrás de un escudo, ni se funde entre el camuflaje de un pelotón de orondos militares. El guatemalteco de bien no tiene brotes de nacionalismo de duropor ni patriotismo de hojalata cuando siente en la nuca el aliento de la ley. El guatemalteco de bien no se esconde: da la cara y cuida su nombre, su activo más preciado, la herencia de sus hijos.

A todo esto se preguntará usted, ¿y este, qué se cree? ¿Que nunca ha hecho nada malo? ¿Que nunca manejó medio a mostaza o dejó de pedir factura? ¿Que nunca se atravesó en un paso cebra? Y bueno, sí, como todos, yo también la he cagado: estoy lejos de ser el arquetipo del guatemalteco de bien, pero sé que ese personaje existe, insiste y resiste y me inspira cada día a combatir la impunidad de bolsillo y la corrupción a gran escala. 

El cambio de la cultura del antivalor y el cinismo empieza por las pequeñas cosas. El pleito entre el guatemalteco de bien y el de mal se gana pushito a pushito. Cada vez que se hace lo correcto se le da una trompada  al guatemalteco de mal, a ese basura que se acabó los billetes de 200 varas en sus caletas y mete a 100 millones de quetzales de inquilinos en un lujoso apartamento, el que encima ahora se da el taco de llenarse la jeta juzgando, definiendo y encasillando al guatemalteco que a diferencia de él, no teme porque no debe.

Nadie tiene derecho a ponerle etiquetas al guatemalteco de bien, menos aún partiendo de su conveniencia política, el miedo a perder todo lo que se ha robado o parar en el Mariscal Zavala.

Perdón, pero ahí sí, su madre.

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25 de septiembre de 2018, 13:09

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