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El cartucho quemado de Jimmy Morales

  • Por Daniel Haering
04 de septiembre de 2018, 16:09
Jimmy Morales ha ratificado que no permitirá el ingreso al país del jefe de la CICIG, Iván Velásquez. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

Jimmy Morales ha ratificado que no permitirá el ingreso al país del jefe de la CICIG, Iván Velásquez. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

La desesperación es mala compañera de viaje. Hace unos días ya había voces proponiendo tirar al Presidente a la vía del tren. La intentona del viernes 31 de agosto, y su descafeinado resultado, obedece a ese miedo que el Ejecutivo consideró creíble.

El diputado Galdámez hacía chistes con periodistas diciendo “deberíamos quitarle el antejuicio al Presidente por hueco”. Lo digo a Manuela para que se entere Pedro.

Y el mensaje fue escuchado. La amenaza provocó la reacción. La captura de Melgar Padilla hizo el resto.

Lo más serio no es la decisión de no renovar a la CICIG, que está bajo sus competencias, sino el claro amago de cruzar una línea de rompimiento institucional. Rodeado de militares y policías (los funcionarios armados del Estado) invitó a no obedecer órdenes “ilegales”.

La reacción a esta patada de burro está siendo virulenta. Cambios en leyes en el Congreso, no dejar entrar a Iván Velásquez y desconocer a la CC.

Todo por dos interpretaciones: que la Plaza está desactivada (que eso parece, aunque será probada estos días) y que cuentan con el apoyo de Nikki Haley y Mike Pompeo (que se verá hasta dónde llega).

Nuestro sistema será puesto a prueba en los próximos días. Estuvo dispuesta la clase política finalmente a forzar la máquina ante la desesperación de lo que avanza.

Sin embargo, como se ha dicho muchas veces en estas páginas, el tiempo no juega a su favor. Las elecciones son en 2019 y la crisis institucional que se avecina puede ser inmensa.

Lo peor que le puede pasar a Jimmy Morales es que el plan prospere (no digo su plan porque no lo es). La instrumentalización que hacen de él quedará para el estudio de la Ciencia Política del futuro.

Dentro de unos meses no valdrá políticamente nada y será el chivo expiatorio para todos los que hoy se agolpan detrás de él.

Esto no es fuerza: es debilidad, es desesperación. Perderán al final, se hará ingobernable Guatemala sin legitimidad democrática.

El último gran zarpazo de impunidad está ante nuestros ojos. Si la ciudadanía responde cansada, sufriremos mucho más.  

El escenario de un 2019 sin elecciones se me hace impensable. Demasiadas fuerzas van a querer competir y hacer fraudes en Guatemala no es lo que era.

Suponiendo que al menos hay elecciones libres, esa es la clave de todo. Nada más importa. La demanda por cambio deberá canalizarse ahí y de los comicios saldrá el verdadero pulso.

Las bagradas que hoy ensayan serán los clavos en su tumba política. El futuro no es mañana, el futuro es 2019.

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